levantaste tu mano en señal de saludo,
y fui a tu encuentro,
aunque fueron solo unos minutos
para intercambiar unas breves palabras,
sentí que talvez eres el indicado,
por lo menos mi corazón

que latía a mil por hora daba señas de ello,
entregué en tus manos algo que tenía para ti,
y nos despedimos como dos amigos,
y en ella sentí el suave roce de tu piel en mi mejilla.
De regreso a casa sentí sonar el bendito celular
(que sería de mi ahora sin este fabuloso aparato,
me costó acostumbrar a usarlo era un poco reacia
y hoy es mi gran compañero),
sólo a través de el puedo saber de ti día a día…
Al responder eras tú quien llamaba,
querías agradecer, te había encantado el regalo,
además de decir que tenias mi aroma
impregnado en tu nariz,
fue entonces,